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Los alimentos procesados son buenos

Internet se ha hecho cargo de hacerle la guerra a los alimentos “procesados”. Uno escucha: “es que eso es procesado” y ya le dan 3 enfermedades diferentes de solo pensar en comerlo. 

Pero, adivina… una lechuga lavada y con aderezo de aceite de oliva ES un alimento procesado. Pasó por un (ehm) proceso para llegar a tu plato y ya perdió su forma natural. 

Una papa cocida también es un alimento procesado, así como lo es una pechuga de pollo a la plancha o un aguacate aplastado con sal y limón. ¡La miel de abejas es un alimento procesado, por el amor a todos los dioses!

¿A alguno de ellos lo ves como “malo”? Posiblemente no, ¿verdad?.

Entonces, aquí, hagamos esta primera pausa: tengamos cuidado con las etiquetas que les ponemos a los alimentos para definirlos como “buenos” o “malos”, porque nos podemos estar equivocando.

Ahora bien, algunas ramificaciones han definido que los “malos” son los “ultraprocesados”. Y la cosa se pone más compleja. Que si la harina de maíz ya es un ultraprocesado por la cantidad de procesos por los que pasó el maíz para llegar a ser harina. Ah, pero es que si es un molino artesanal y no una gran planta entonces no vale el “ultra”… También nacieron los productos “mínimamente procesados”.

Aquí vamos con la segunda pausa: ¿qué pasa si, por un momento, ignoras que leíste que la harina de maíz que has comido toda tu vida — que te gusta, que consigues, que es económica — es el demonio causa de todos tus males hasta en el amor

¡Un llamado a la paz! Así como lo hice con los batidos, lo hago con los procesados.

Acá promuevo, sí, que cocines con todo lo más natural y local que consigas, pero también hay estrategias que salvan dinero y tiempo (lo cual todos queremos), que se pueden ejecutar con el uso de productos procesados “industrializados”: desde una lata de atún hasta una harina de maíz “de marca”.

¿Qué hago yo?

Además de los procesados que compro en el súper y en la feria, compro la clase de procesados que ves en la foto: comidas preparadas que suelo adquirir con señoras que las venden en las ferias del agricultor a las que asisto.

¿Cómo los elijo?

Los compro en semanas en las que sé que no voy a tener mucho tiempo para cocinar. Además, escojo cosas que no suelo preparar yo misma como el falafel natural que ves en la imagen, o el picadillo de arracache con carne, o el pastel con carne mechada. 

También procuro que sean preparaciones lo más parecido a la comida casera posible. Esto, por preferencia en sabores, pero también porque sé que tendré esa sensación satisfactoria de algo rico y con sabor hogareño.

Si es un procesado que tengo que cocinar (por ejemplo, una tocineta), elijo lo más local y artesanal posible SI LO TENGO A MANO. Si no, busco alguno que tenga una lista de ingredientes con la que me identifique. Normalmente me inclino por lo que tenga menor cantidad de químicos locos. Pero si ese día se me antojan de esas bolitas de queso que dejan manchados los dedos con color y brillo solar, me las compro.

¿Cada cuánto los compro?

Depende de la semana que vaya a tener adelante. Esto varía mucho. Mi razonamiento es responder: “¿qué tanto tiempo voy a tener yo misma para PROCESAR (cocinar) mis comidas esta semana?”. Según la respuesta, necesitaré comprar más PROCESADOS para comer, sea en casa o si salgo a comer fuera.

Espero haberte ayudado a quitar un peso más de encima con el tema de las comidas. Mientras menos cargas así tengamos, más sencillo será disfrutar del comer ¡y de cocinar!.

Cuéntame tú, ¿qué piensas de toda esta ola de los procesados y cómo los ves?

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