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Mi cuento con la salud, empezó con una lata de sardinas…

Texto originalmente escrito para Rebeca Hernández – Nutrición Intuitiva y su iniciativa “Salud en Todas” – Fotografía: Eka Mora – Octubre 2018.

Mi cuento con la salud está representado con una anécdota de hace unos tres años.

Estaba en mi casa y sentí poderosas ganas de salir corriendo a la tienda de conveniencia a comprarme una lata de sardinas.

Sí, sardinas. En lata. Mariví, la que apuesta a darlo el todo por el todo por cocinarse cada plato que se come, ella quería comerse algo de una lata. Era tal el antojo y de algo tan no convencional en mi alimentación, que me hice caso y fui.

Me serví todo tan lindo y en un pan tan hermoso, que lo retraté y lo escribí en la página. Me comí la lata entera con el pan como si me estuviera comiendo el mejor de los manjares. Pasé varias semanas incluyendo sardinas en mi lista de compras, hasta que ya. Las consumo ocasionalmente de nuevo. 

¿Por qué inicia ahí? Porque hoy, años después, entiendo que ESE es el lenguaje de la salud en MI cuerpo.

A mi cuerpo le gusta comer lo que quiere, servírselo “como para la foto”, disfrutarlo y saborearlo. A mi cuerpo le gusta la sensación de alivio que siente porque dejé de latigarlo. Porque, sí, lo latigaba. Cada vez que los horarios me obligaban a comerme unas papas de bolsa manejando, sin parar. Cada vez que comía con la computadora a la par o en una teleconferencia. Cada vez que me daba pereza cocinar y pedía “express” (así este express fuera “saludable”). Cada vez que me veía al espejo y pensaba en aquel helado y lo veía en cada hueco de la celulitis. Cada vez que veía mis dietas anteriores y decía, ¿por qué no puedo intentar este plan de nuevo, que tal vez ahora sí funcione?. Cada vez que veía fotos de hacía unos años cuando estaba “flaca”… porque estaba deprimida… pero flaca.


Lo latigaba cada vez que cocinaba sin ganas, aunque las recetas no quedaran tan ricas, porque no las cocinaba con gusto ni con amor.

Lo latigaba cuando prefería garbanzos de lata que los remojados y cocinados en olla. Estaba latigando a mi cuerpo y también a mi amor por la cocina. Lo latigaba cuando pensaba que CADA COSA que me acontecía era por lo que comía (el frío, el calor, la picazón de nariz, un temblor de ojo… ¡todo!)

Este 2018 decidí parar con el látigo. Empecé en un proceso muuuuy largo, para el cual me tomé de la mano a mí misma y en el que seguiré por siempre.

Este proceso no solo aumentó mi cantidad de comidas “para foto”, también aumentó mis ganas de moverme haciendo lo que me encanta, pole dance; aumentó mis espacios lindos en la cocina y mis momentos de aceptación de aquellos días en los que no quería o no podía cocinar.

Me pude reconciliar con las latas, los paquetitos y los satanizados “ultraprocesados” si eran lo que yo quería comer, pero también con mi gusto por lo fresco y lo natural que puedo elegir siempre en este país bendecido por la naturaleza.

Aumentó mi salud cuando aumentó mi capacidad de escuchar a mi cuerpo. 

Aquel grito por sardinas hace años, puede ser, a veces, un susurro que quiere frutas. Un canto que pide helados. Llamados que necesitan agua. Un toquecito en el hombro que dice “comamos desayuno en la cena”. Salivación cuando lo invitan a comer comida de la India. Nunca es igual. No cuenta palitos, calorías, macros, ketones… hace poco me dijo “haz más cardio”. Le pedí un chance, porque me está costando sacar el tiempo. Pero ahí vamos.

Es una conversación que ya no para.

¿Y el peso? ¿Y la celulitis? Estar pendiente de eso, como hoy día sé, no es salud. Así que no son tema para este ya largo cuento 🙂

Las quiero y las quiero sanas. A todas.

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